[..."Fría, malvada, sin sentimientos, dura como el hielo y endemoniadamente hermosa… así es ella, Hillary Meison, una chica que no dudaría en abandonar a su mejor amiga en las peores circunstancias, que no le importa herir los sentimientos de nadie, que hasta pudiera ver muriendo o sufriendo un animal indefenso y ella solo reiría o ignoraría siguiendo su camino. A poco no le queda el nombre.
La gente se abría paso dejando libre el camino, para que la princesa caminara por aquel. Ella ni siquiera agradecía aquel gesto, simplemente hacia muecas de asco al ver a los demás y mirarlos con superioridad, como todas las mañanas
-Hola Hill.- grito emocionada Tiffany, la seguidora #1 de La princesa de Hielo. Tiff es una de esas chicas sin personalidad que prefieren seguir a la más popular antes de ser una común. No es fea simplemente es muy plástica, un largo cabello castaño y ondulado del mismo estilo y corte que el de Hillary, unos grandes ojos almendrados, delgada, trigueña y alto.
-Hola.- respondió Hillary con cierta amargura. El ultimo mes que paso no había sido el mejor para la chica.
Alto, de tez pálida, cabello castaño casi rubio liso cubriéndolo la frente, ojos azul de un zafiro tan intensos que son capaz de leer tu alma con solo una mirada, rasgos perfectos, fi nos pero varoniles, cuerpo esculpido, musculoso pero no en exceso… Jackson, el chico más deseado de todo el instituto.
Jackson solo llevaba tres semanas casi cuatro estudiando en aquel instituto y con eso un vuelco en la vida de ambos chicos. El chico de cabellos rubios siempre había acostumbrado a ser invisible ante los demás, pasar desapercibido y no tener muchos amigos, pero desde que estaba ahí, todas las chicas la acosaban, nadie lo dejaba solo y tenía una rivalidad a muerte con la princesa, cosa que no quería pero cada vez que trataba de enmendarlo lo arruinaba mas y no sabia porque. Por su parte Hillary la llegada del solo sirvió para derrumbar poco a poco lo que había construido en su vida, aquella pared de insensibilidad hacia las personas y no sentir ninguna emoción o sentimiento ¿Cómo lo hizo? Recordando aquel horrible acontecimiento que hizo cambiar su vida.
Hillary no fue todo el tiempo una Princesa de Hielo, ella era dulce e inocente, le gustaba ir a la playa y adoraba el agua, hacia surfing, le gustaba pintar y tomar fotografías, tenía un estilo muy hippie. Era una chica feliz y no le importaba que algo malo pasara porque sabia que algo bueno llegaría, al tiempo su vida se lleno mas al conocer a Luciano, hermoso en todos sus aspectos, tenia un rostro y cuerpo de Dios Griego, un hermoso cabello rubio, unos grandes ojos negros tan vacios como la oscuridad… El era todo el mundo de la chica, siempre estaban juntos, se besaban cada vez que podían, prácticamente expulsaban amor. Pero no todo duro para siempre, a ella le tomo un poco mas de tiempo para notal que el siempre la estuvo engañando con su ex mejor amiga…esa fue como la decepción mas grande su mundo, la llevo al otro lado, hizo cambiar su manera de ver el mundo, la transformo en lo que es hoy en día una hermosa y dura Princesa de Hielo.
Y se preguntaran ¿Qué tiene que ver en esto Jackson? Bastante obvio, Jackson le recuerda demasiado a su antiguo amor. Jackson siempre trata de conversar con ella, la mira todo el tiempo de una manera especial, trata de aunque sea tocar ligeramente su piel haciéndola sentir millones de corrientes por todo el cuerpo, se comporta como un caballero con ella, le abre la puerta, la ayuda con sus libros, guarda su asiento… Hace hasta lo imposible para estar con ella. Todo eso hace que Hillary se sienta confundida y asquerosamente dolida en su interior, cree que en cualquier momento se romperá y no podrá más, por eso su actitud tan amargada y prepotente más fuerte de lo usual.
-Hola Princesa.- susurro alguien en el oído de la chica, ella reconoció la voz al instante y se giro alarmada. Jackson estaba mas hermoso de lo usual, su cabellera rubia tapando ligeramente los perfectos ojos azul zafiro tan profundos y hermosos como el mar, una sonrisa reluciente adornando su rostro, llevaba una camisa azul con los tres primeros botones abiertos dejando ver un poco de su escultural torso, unos jeans y las típicas converses. Ella se debatía mentalmente de saber si la palabra hermoso lo quedaba corto y obviamente si.
-¿Qué quieres?- pregunto la chica sin expresión alguna. El sonreía no podía dejar de pensar en lo que le diría."...]
este es un fragmento de un oneshoot que me encanta, sacado de uno de mis blog preferidos Delirios Estrellados de vivi.
Datos personales
- nikkita
- soy una persona de muchas cara, y definirme seria complicado, por que aun me falta definir mi personalidad, pero si me tendria que definir como persona diria que soy complicada, loca, extrovertina, aveces fria y un poco sadica, amorosa en ocaciones paranoica y feliz. cree este blog para expresarme y ser yo misma, para decir lo que aveces uno no puede y para expresar mi personalidad alocada.
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viernes, 29 de abril de 2011
sábado, 19 de marzo de 2011
Fragmento de amanecer
Se me empezó a acelerar de nuevo la respiración y me temblaban las manos a pesar del efecto calmante de la ducha. Comencé a sentirme algo mareada, a punto de sufrir un ataque de nervios en toda regla. Me senté en el frío suelo de baldosas envuelta en la gran toalla y puse la cabeza entre las rodillas. Recé para que no se le ocurriera venir a buscarme antes de que recuperara mi autocontrol. Me imaginaba lo que pensaría si me veía caerme a pedazos de ese modo. No le resultaría nada difícil convencerse de que estábamos cometiendo un error.
Y a mí no se me estaba yendo la olla, no es que pensara de repente que estábamos equivocándonos. Para nada. El problema estaba en que no sabía cómo hacerlo y tenía miedo de salir de aquella habitación y encararme a lo desconocido. Especialmente vestida con lencería francesa. Para eso seguro que no estaba preparada todavía.
Me sentía como si tuviera que caminar por el escenario de un teatro lleno de miles de personas sin tener ni idea de mi texto.
¿Cómo podía la gente hacer esto, tragarse todos sus miedos y confiar en otra persona sin reservas, con todas sus imperfecciones y sus miedos, con menos que el compromiso total que Edward me había ofrecido? Si no fuese él quien estuviera ahí fuera, si no fuese consciente hasta la última célula de mi cuerpo de que me amaba tanto como yo a él, de forma incondicional e irrevocable y, siendo sincera, incluso de modo irracional, no sería capaz de levantarme del suelo.
Pero era Edward quien estaba allí fuera, así que susurré las palabras “no seas cobarde” entre dientes y me arrastré hasta ponerme en pie. Me apreté la toalla con fuerza bajo los brazos y me dirigí llena de decisión hacia la playa. Pasé al lado de la maleta repleta de encaje y de la enorme cama sin echarles ni una ojeada siquiera y salí por la puerta de cristales abierta hacia la arena fina como el polvo.
Todo estaba bañado en negro y blanco, desprovisto de color por la luz de la luna. Caminé lentamente por la cálida arena haciendo una pausa al lado del árbol torcido donde él había dejado sus ropas. Apoyé la mano contra la rugosa corteza y comprobé mi respiración para asegurarme de que era regular. O al menos no del todo irregular.
Exploré las bajas ondas de la arena, negras en la oscuridad, buscándole.
No fue difícil de encontrar. Estaba de pie, dándome la espalda, sumergido hasta la cintura en el agua del color de la medianoche, con la mirada clavada en la luna de forma oval. La luz pálida del satélite confería a su piel una blancura perfecta, como la de la arena, y la de la misma luna, haciendo que su cabello mojado tomara el tono oscuro del océano. Estaba inmóvil, con las palmas de las manos descansando boca abajo sobre en agua. Las débiles olitas rompían contra su cuerpo como si fuera de piedra. Me quedé mirando las suaves líneas de su espalda, sus hombros, sus brazos, su cuello, su forma intachable...
El fuego dejó de ser un rayo que me cruzaba la piel para convertirse ahora en algo sordo y profundo, consumiendo en su ardor toda mi cobardía y mi tímida inseguridad. Me quité la toalla sin dudar, dejándola en el árbol con su ropa y caminé hacia la luz blanca, que también me transformó en algo pálido como la misma arena.
No pude oír el sonido de mis pasos mientras caminaba hacia la orilla del agua, pero supuse que él sí, aunque no se volvió. Dejé que las suaves olitas rompieran contra los dedos de mis pies y encontré que tenía razón respecto a la temperatura del agua, que era cálida, como la del baño. Di varios pasos, avanzando con cautela por el suelo invisible del océano, aunque mi precaución era innecesaria, porque la arena seguía siendo igual de suave, descendiendo levemente en dirección a Edward. Vadeé por la corriente ingrávida hasta que llegué a su lado, y después coloqué mi mano con ligereza sobre la mano fría que yacía sobre el agua.
- Qué hermoso – dije, mirando también hacia la luna.
- No está mal – contestó él, como si no fuera nada del otro mundo.
Se volvió con lentitud para enfrentarse a mí y su movimientos produjo leves olas que rompieron contra mi piel. Sus ojos tenía un brillo plateado sobre su rostro del color del hielo. Retorció la mano hasta que entrelazó sus dedos con los míos bajo la superficie del agua. Estaba tan caliente que su piel fría no me puso la carne de gallina.
- Pero yo no usaría la palabra “hermoso” – continuó él. -. No cuando tú estás aquí al lado para poderte comparar.
Sonreí a medias, y después alcé la mano libre, que ahora no temblaba y la coloqué sobre su corazón. Blanco sobre blanco, por una vez, encajábamos bien. Él se estremeció ligeramente a mi cálido contacto y su respiración se volvió áspera.
- Te prometí que lo intentaría – me susurró él, de repente tenso- . pero si... hago algo mal, si te hago daño, debes decírmelo corriendo.
Y a mí no se me estaba yendo la olla, no es que pensara de repente que estábamos equivocándonos. Para nada. El problema estaba en que no sabía cómo hacerlo y tenía miedo de salir de aquella habitación y encararme a lo desconocido. Especialmente vestida con lencería francesa. Para eso seguro que no estaba preparada todavía.
Me sentía como si tuviera que caminar por el escenario de un teatro lleno de miles de personas sin tener ni idea de mi texto.
¿Cómo podía la gente hacer esto, tragarse todos sus miedos y confiar en otra persona sin reservas, con todas sus imperfecciones y sus miedos, con menos que el compromiso total que Edward me había ofrecido? Si no fuese él quien estuviera ahí fuera, si no fuese consciente hasta la última célula de mi cuerpo de que me amaba tanto como yo a él, de forma incondicional e irrevocable y, siendo sincera, incluso de modo irracional, no sería capaz de levantarme del suelo.
Pero era Edward quien estaba allí fuera, así que susurré las palabras “no seas cobarde” entre dientes y me arrastré hasta ponerme en pie. Me apreté la toalla con fuerza bajo los brazos y me dirigí llena de decisión hacia la playa. Pasé al lado de la maleta repleta de encaje y de la enorme cama sin echarles ni una ojeada siquiera y salí por la puerta de cristales abierta hacia la arena fina como el polvo.
Todo estaba bañado en negro y blanco, desprovisto de color por la luz de la luna. Caminé lentamente por la cálida arena haciendo una pausa al lado del árbol torcido donde él había dejado sus ropas. Apoyé la mano contra la rugosa corteza y comprobé mi respiración para asegurarme de que era regular. O al menos no del todo irregular.
Exploré las bajas ondas de la arena, negras en la oscuridad, buscándole.
No fue difícil de encontrar. Estaba de pie, dándome la espalda, sumergido hasta la cintura en el agua del color de la medianoche, con la mirada clavada en la luna de forma oval. La luz pálida del satélite confería a su piel una blancura perfecta, como la de la arena, y la de la misma luna, haciendo que su cabello mojado tomara el tono oscuro del océano. Estaba inmóvil, con las palmas de las manos descansando boca abajo sobre en agua. Las débiles olitas rompían contra su cuerpo como si fuera de piedra. Me quedé mirando las suaves líneas de su espalda, sus hombros, sus brazos, su cuello, su forma intachable...
El fuego dejó de ser un rayo que me cruzaba la piel para convertirse ahora en algo sordo y profundo, consumiendo en su ardor toda mi cobardía y mi tímida inseguridad. Me quité la toalla sin dudar, dejándola en el árbol con su ropa y caminé hacia la luz blanca, que también me transformó en algo pálido como la misma arena.
No pude oír el sonido de mis pasos mientras caminaba hacia la orilla del agua, pero supuse que él sí, aunque no se volvió. Dejé que las suaves olitas rompieran contra los dedos de mis pies y encontré que tenía razón respecto a la temperatura del agua, que era cálida, como la del baño. Di varios pasos, avanzando con cautela por el suelo invisible del océano, aunque mi precaución era innecesaria, porque la arena seguía siendo igual de suave, descendiendo levemente en dirección a Edward. Vadeé por la corriente ingrávida hasta que llegué a su lado, y después coloqué mi mano con ligereza sobre la mano fría que yacía sobre el agua.
- Qué hermoso – dije, mirando también hacia la luna.
- No está mal – contestó él, como si no fuera nada del otro mundo.
Se volvió con lentitud para enfrentarse a mí y su movimientos produjo leves olas que rompieron contra mi piel. Sus ojos tenía un brillo plateado sobre su rostro del color del hielo. Retorció la mano hasta que entrelazó sus dedos con los míos bajo la superficie del agua. Estaba tan caliente que su piel fría no me puso la carne de gallina.
- Pero yo no usaría la palabra “hermoso” – continuó él. -. No cuando tú estás aquí al lado para poderte comparar.
Sonreí a medias, y después alcé la mano libre, que ahora no temblaba y la coloqué sobre su corazón. Blanco sobre blanco, por una vez, encajábamos bien. Él se estremeció ligeramente a mi cálido contacto y su respiración se volvió áspera.
- Te prometí que lo intentaría – me susurró él, de repente tenso- . pero si... hago algo mal, si te hago daño, debes decírmelo corriendo.
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Gracias, por leer...
...las palabras de una loca escritora.

